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jueves, 10 de febrero de 2011

La verdadera distracción personificada

Quien piense que es despistado es que no me conoce o no ha escuchado una historia siquiera un poco parecida…
Todo estaba yendo sobre ruedas, ¿qué podría salir mal? Tenía ya prácticamente todo preparado, y sólo faltaban unas pocas horas para lo que habíamos planeado durante tanto…
Esta vez estaba empeñado en conseguirlo, a pesar de todas las trabas que me pusiesen; porque parecía imposible que me volviera a suceder de nuevo. Ya fue algo ciertamente desconcertante y, créeme, verdaderamente indignante, que justamente en el día de la firma de discos de mi artista favorito, Dani Martín, tuviésemos que acudir, ¡un domingo!, al colegio, para el tan “especial” Día de la Familia. Tuve que aceptarlo, resignarme.
Lo que ya no estaba dispuesto a aceptar era que, después de haber comprado, especialmente para esta ocasión, el álbum de Pablo Alborán, de nuevo me volviera a quedar sin firma de discos. ¿Pero qué endemoniada y cruel conspiración existía en nuestro colegio? ¿Cómo era posible qué, ese mismo día, tuviéramos que ir OBLIGATORIAMENTE al colegio? ¡Y encima en horario extraescolar! Me negué: me haría pasar por enfermo. Bueno, se lo diría mi prima.
Ese día, ya en sí fue realmente complicado. No me dio tiempo a acabar los ¡10 comentarios de textos! el día anterior, hice una birria, de nuevo lo había dejado para el último día y, para colmo, tampoco conseguí centrarme con la tarea; como consecuencia, fui a clase con Literatura a medias e, inevitablemente, sin Mates ni Inglés tampoco. ¡Además se me había olvidado Latín en casa! Sin embargo, superé todo aquello medianamente con éxito.
Al llegar al fin a casa me puse a jugar a la Wii, ¿por qué no? Ya me conectaría luego más tarde para asegurarme de la hora por Messenger. Total, hasta las 17:00 o por ahí tendría tiempo de sobra… Me llega un mensaje al móvil. Sería Bea para recordarme la hora o para que me conectara, pensé. Lo leí. ¡Horror! ¿¡Cómo qué el bus ya se iba!? ¡Pero, pero, pero…! La llamé. La firma de discos era a las 17:00, pero el bus salía a las 15:30. Después de volverme loquísimo (aún más de lo que estoy) y de hablar un rato con Bea, pensamos que lo que podría hacer sería coger el próximo bus, que por cierto me dejaría en el quinto pimiento, con lo cual me obligaría a ir preguntando a todo el mundo como llegar a El Corte Inglés de la ciudad por la que yo no sé moverme.
A partir de ese momento me líe. Me hice un lío tremendo, por lo que me conecté al Messenger para que alguien me pudiera aclarar cómo llegar a Salamanca, a qué hora y demás cuestiones. ¿Qué pare en el Pato Rojo dices? ¡Pero si en el bus de las 4 y media no llegaría al evento! ¿¡Que-qué!? ¿Qué tengo que coger el bus de las 4? ¡Pero si faltan 10 minutos!
Puro nervio.
Con la máxima velocidad que me fue posible terminé de prepararme y de coger las cosas, y apresuradamente salí disparado de casa. Corrí y corrí. No recuerdo haber corrido tanto desde que daba Educación Física en 1º de Bachillerato. Llegaría al bus, pero con el tiempo muy justito.
Estaba a más de la mitad del camino cuando me dio por repasar mentalmente si había cogido todo. Sólo me hubiera faltado que me hubiese dejado el CD en casa… Menos mal que lo ten… la cartera. ¡La cartera! ¡¡¡El dinero del bus!!! No me lo podía creer… ¿Y ahora qué podía hacer? Velozmente me apresuré a casa de Rebeca, si estuviera en casa podría prestarme el dinero. Al llegar a la puerta de su casa estaba Virginia, le pregunté si sabía si Rebeca estaba en casa. No, no estaba. Entonces no se me ocurrió otra mejor cosa que contarla un mini resumen de lo que me había ocurrido y preguntarla si tenía dinero para prestarme, cosa que sólo la conozco de vista. No, no tenía. Me fui. Iba a explotar. No uno, ¡había perdido DOS autobuses!
¿Y ahora qué podría hacer? No vivía nadie suficientemente cerca, ¡ya no me daría tiempo! Pensé en la posibilidad de ir en taxi. Fui a casa de Pedro para preguntarle cuánto costaría ir en taxi, pero no estaba, ya se había ido a la charla de la escritora que teníamos en el colegio. Seguí caminando y me topé con Héctor, y se lo pregunté. No, no estaba dispuesto a pagar 20€ para ir a Salamanca.
Game Over. Me rendí. Iría al colegio.
De camino al colegio hablé por teléfono con Bea y con mi madre, e intenté hablar con mi prima… —Menos mal que tengo un 20% de descuento en las facturas—. Cuando ya por fin me lo cogió mi prima, le dije que ya no le dijera al profesor que estaba enfermo. Demasiado tarde, ya se lo había dicho.
¡Qué cosa más horrible era aquello! Me sentí muy estúpido estar caminando hacia colegio con el disco de Pablo Alborán y una cámara de fotos en los bolsillos.
En definitiva, cuando entré al salón de actos, la charla había comenzado ya como hace 15 minutos, y todo el mundo se giró y me vio entrar. Cuando me senté estaba atacado de tanto andar y correr y, además, juraría que olía a sudor. Pero aquello sólo fue un pequeño palo, incomparable con el gran bate de hierro con el que me habían golpeado aquella tarde. Al final le dije a Manolo, el profesor, que me sentía mal, pero que me tomé una manzanilla y que, entonces, parecía que me encontraba un poco mejor; además le dije que esa charla realmente me interesaba, y como era muy importante acudir ese día…
Ahora yo me pregunto... ¿hasta qué punto puede llegar mis despistes y mi empanada mental? ¿Dejaré de mentir algún día? ¿Realmente me lo merezco?
¿Lo mejor de todo? Jamás olvidaré este día, ni para bien ni para mal; incluso ha tenido su lado divertido. No obstante, lo mejor de todo ha sido, sin lugar a duda, los dos vasos de Nesquik que me tomé para merendar en el colegio. Después de tanto correr de un lado para otro estaba muerto de sed.
Ha sido un día completamente paranormal.
Me sentía el protagonista de una tragicomedia.

sábado, 21 de agosto de 2010

Panorama tétrico


Completamente solo, en mi casa de veraneo con fachada y paredes blancas tan típicas de Cádiz, habiéndose mi hermano y su novia ido a dar una vuelta, y mis padres en un bar, a las 0:20 de la noche, me hallo recostado en el improvisado sofá de afuera, en el patio, aparentemente tranquilo con mi ordenador portátil.
El patio es la “sala” principal de la casa, tiene las funciones de comedor, salón y entrada puesto que solamente forman verdaderamente parte de la “casa” las habitaciones, la cocina y el baño, lugares a los que se acceden desde el patio, desde distintas entradas.
El fortísimo viento agita con violencia las ramas de los árboles, y se escucha el tintineo de la cortina de metal que baila al son del viento. Mirar enfrente resulta excesivamente lúgubre al contar con tan solo con una única luz, localizada en la pared, encima de mi cabeza. A lo lejos se puede escuchar música solitaria, aparentemente ajena a la presencia de las personas, lo que le da al pueblo y a la noche un aspecto más escalofriante. Una brisa helada azota todo mi cuerpo, dejando tras de sí un fuerte escalofrío y convirtiendo mi piel en la piel de una gallina.
Pareciese que el fuerte viento fuera a más.
Bajo la oscura y estrellada noche se puede oír aún más a lo lejos los ladridos de, probablemente, unos cuantos perros que pareciera que gritasen en una opaca discusión que no tuviera fin. El viento, poderoso y confiado de su fuerza, hace gritar la puerta verde de metal, provocando unos chirridos infernales, dignos de película de terror. Boby, el perro de mi vecina que es de mi familia, aprovechando el espacio de la entrada que regala el viento al hacer golpear con furia la puerta de metal contra la pared con sus fuertes soplidos, entra escandalosamente al patio, sobresaltado, envuelto en una misteriosa rareza, la que siempre le suele envolver a este extraño perro.
A la noche se le suman los infrecuentes sonidos de los insectos de noche, y una misteriosa melodía un tanto inquietante se acerca más y cada vez más haciéndose cada vez más audible.
La puerta vuelve a rechinar.
La incomodidad de llevar las lentillas durante excesivas horas, al igual que, las frustración que provoca que los insectos se posen en la pantalla de mi portátil, interrumpiendo mi escritura, provocan en mí una gran incomodidad. Después de restregarme cuidadosamente los ojos, por lo que conlleva llevar puestas las lentillas, me echo a lo largo del sofá, en una posición algo más cómoda.
Una gruesa hoja del gran árbol del patio impacta escandalosamente contra el suelo, y tras de sí, se oye el rugir de un coche al arrancar. Aprovechando la situación, un insecto no duda en atacarme y abalanzarse sobre mí. Casi sin darme cuenta, cada vez me hago más consciente de que a mi alrededor suenan nuevas y diferentes músicas, haciéndose segundo tras segundo un poco más fuertes.
En un despiste, mis costillas se golpean con la esquina del portátil, provocándome un leve dolor; pero es cuando un batir de alas, de un desconocido animal, logra sobresaltarme de la escritura sin fin. El descomunal animal, que resulta ser tan solo un helicóptero, vuela por el cielo en una misión casi sin sentido, a estas altas horas de la noche.
Pareciese así pues que las plantas me observaran, y que el viento, inmerso en una demostración de su poder, pretendieran hacer crecer un miedo en mí.
Se oyen pasos.
Sin saber cómo, siento una falsa tranquilidad acompañado de un falso silencio.
Tres pasos, cuatro pasos, cinco pasos…
De nuevo siento un fuerte escalofrío y una nueva hoja cae sobre mi teclado.


Sin saber cómo, la única luz que permitía observar, fuera o no con dificultad mi entorno, se apaga; siendo la pantalla de mi ordenador portátil y la luz de la Luna mis únicas compañeras, agonizantes como una vela a punto de apagarse.
Observando con una fallida vista de felino la procedencia de aquellos pasos que cesan y prosiguen su rumbo continuamente, me miento haciéndome creer que lo más seguro es que sea el perro de la vecina.
Me pongo en pie y entro en la habitación, como la oscuridad me lo permite, caminando como el que no ve, despacito y a regañadientes para comprobar el interruptor de la luz.
No funcionaba. Pero tampoco funcionaba el interruptor de al lado.
Se había ido la luz.
Un nuevo paso se oye en la negra oscuridad.
Siendo ya más lógico, me desmentí diciéndome que un perro no haría ese ruido al andar, así que deberían ser mis padres o mi hermano los que volvían, ¿mucho antes de lo previsto quizás?
Ahora sí que el viento había conseguido lo que se proponía: el miedo me invadió.
Inconscientemente empecé a jadear de temor, y empecé a sentir un nuevo frío.
Hacía demasiado ruido al jadear.
-¿Ho-hola? -pude decir al fin.
Pero no obtuve respuesta.
Los pasos de fuera quien fuera, o lo que fuera, callaban siempre tras unos breves segundos de andanza, como tratando de acercase poco a poco hacia a mí, tomándose sus respectivas pausas con sigilo para, probablemente, sorprenderme.
Tenía realmente miedo. Demasiado...
Y un paso más…

Sentía con total seguridad que “eso”, fuera lo que fuera, se hallaba como a dos metros de mí. Intenté taparme con las manos la boca para silenciar mis jadeos que no hacían otra cosa que ayudar a identificarme con mayor facilidad en la penumbra.
Entonces fue cuando me sentí como una estúpida presa, intentando escapar portando consigo un gran cartel luminoso parpadeante en el que, con luces fluorescentes, se lee “Estoy aquí”, al darme cuenta de que tenía las manos ocupadas sosteniendo el portátil que desprendía luz de la pantalla.
Que estúpido puedo llegar a ser.
De todas maneras, ¿quién demonios se interesaría por
mí y que no fuera de mi familia? O en el peor y más extraño de los casos: ¿qué cosa?
Nunca le temí a la muerte, así que al fin y al cabo…
Fue entonces cuando con astucia, y el cuerpo tembloroso, no se me ocurrió otra mejor cosa que, con una desconocida habilidad, extender los brazos y dirigir la iluminada pantalla del portátil hacia enfrente, para determinar que era exactamente lo que se encontraba delante mía.
Entonces lo vi.
Una cara.
Un tipo que tendría más o menos mi misma edad: unos diecisiete.
Lo que más me sorprendió en aquel preciso instante no fue esa agresividad a la que estaba preparándome, involuntariamente, sin razones coherentes. Nada de eso. Fue el tono de inseguridad, duda y miedo que pude ver reflejada en aquella cara de facciones marcadas, en aquellos grandes ojos de color caramelo suplicantes, acompañados de aquellas cejas que le daban tanta expresión, con los que también hubiera sido capaz de sorprenderme a cientos de metros en una situación más “normal”. Aquel pelo negro, liso, corto y bien peinado que siempre había deseado. Esa mandíbula de las que, en otras tantas ocasiones, me había llegado a enamorar. Ese mentón de escasa barba incipiente, que nacía en el inferior de la barbilla, a modo de perilla, y que se extendía ligeramente hacia los costados con disimulo.
Con el susto y la gran tensión acumulada, también por la inesperada visita de aquel desconocido, no fui capaz de articular palabra.
Estuvimos durante varios minutos mirándonos el uno al otro en un profundo silencio.


Obviamente el segundo párrafo (rosa) es pura fantasía. Es probable que me dé por continuar esta historia, quizá incluso comience otras nuevas, pero tratándose de mí realmente nada es seguro. Eso sí, no me cabe duda de que volveré a escribir una historia. Y en el primer párrafo no he hecho nada más que narrar y describir el tétrico panorama en el que me veía envuelto en este mismo instante. Con este viento al final saldré volando por los aires… Ahora a quitarme las lentillas, a ponerme el pijama y a dormir. Mañana iré al gimnasio por la mañana, tengo que aprovechar ahora que me quedan tan pocos días para volver a Salamanca. Modestia aparte el tema de estudiar para la recuperación de Historia.
Que miedo, oigo… ¿espíritus? Buenas noches.

Entrada recientemente perfeccionada.